Señor: ¿es para ti una simple palabra o es más que eso?

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octubre 17, 2018
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Señor: ¿es para ti una simple palabra o es más que eso?

Cuando nos convertimos en cristianos, es decir, hacemos la confesión de fe, decimos que aceptamos la entrada de Jesús en nuestro corazón. Esta oración, generalmente, cumple con la siguiente estructura: “Señor Jesús, hoy te acepto como mi Señor y Salvador, perdona mis pecados, escribe mi nombre en el libro de la vida y no lo borres jamás, amén.” Esta acción parece sencilla, aceptamos al Señor, obtenemos un regalo inmerecido: la Salvación; luego venimos a la iglesia, leemos la Biblia y ¡listo!

Nos equivocamos…

Todos en algún momento hemos pensado que en esto se resume ser cristiano, pero nos equivocamos. El ser cristiano implica más de lo que parece. Cuando hacemos la confesión de fe decimos: “Señor Jesús, te acepto como MI SEÑOR y Salvador, pero ¿hemos analizado lo que estamos diciendo o solo expresamos palabras a la ligera?

Generalmente, repetimos que Jesús es nuestro señor, nuestras oraciones están repletas de la palabra “Señor”, pero ¿realmente tenemos a Jesús, como SEÑOR de nuestras vidas?

La palabra Señor es un término universal y se refiere a una potestad, con cierta nobleza y connotaciones de heroicidad. Concierne tanto a seres humanos como a Dios y expresa varios niveles de honor, dignidad y majestad.

¿Qué significa que Jesucristo es el Señor?

Escuchamos esta frase con tanta frecuencia, que es posible que perdamos el significado de su gran poder y trascendencia. ”Señor” es más que un simple título que le da la Biblia a Jesús. Esta palabra no solo se refiere a lo que Jesús hace, sino a lo que Él es y será siempre: el gobernante soberano de todo lo que existe en el cielo y en la tierra.

El ser cristianos nos hace seguidores de Jesús, por lo cual, debemos cumplir ciertas características que nos llevan a ser como Él y así demostrar que es nuestro Señor.

¿Cómo demuestro que Jesús es mi Señor?

  1. Despojándome de mí

“Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres”. Filipenses 2:7

La palabra clave de esta frase es “despojarse”, es la traducción del verbo griego que literalmente significa anonadarse o hacerse nada.

Nuestro Señor se despojó:
Primero de su gloria celestial:

El cuerpo de Cristo Jesús fue como un velo que ocultó la gloria de su persona divina. Así como un obrero se pone un delantal sobre su ropa para trabajar, sin el temor de ensuciarse, así también el cuerpo de Cristo fue el delantal que ocultó la gloria celestial de su divina persona.

En segundo lugar, Cristo Jesús se despojó de su autoridad autónoma:

Cristo sometió totalmente su autoridad a la voluntad de su Padre. Juan 5:30 dice: “No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la voluntad del Padre.”

En tercer lugar, Cristo Jesús se despojó de sus prerrogativas divinas:

Jesús se despojó del ejercicio de sus atributos divinos a voluntad. No es que no los poseía, sino que simplemente restringió su uso a lo que el Espíritu Santo le guiaba.

En cuarto lugar, Cristo Jesús se despojó de sus riquezas:

siendo el dueño de todo lo creado, recordemos que Jesús lo entregó todo por amor a nosotros.  Debemos meditar: ¿Nos hemos despojado de eso que nos impide seguir a Jesús con libertad y que sea nuestro Señor, hemos dejado el orgullo, la altivez, la mentira, el vicio, las malas palabras? Si no es así, no te condenes, ni te juzgues ¡Alégrate! Porque hoy es el día para que te despojes de ese “viejo hombre” que está viciado, para que el Señor Jesús reine completamente en tu vida.

  1. Siendo Obediente

“Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz” Filipenses 2:8. En la primera parte de este versículo, la frase: “y estando en la condición de hombre, se humillo a sí mismo”. Muchos hemos recibido humillaciones de otras personas, pero Jesús se humilló a él mismo y es lo más difícil.

Probablemente, todos hemos experimentado momentos de humillación, en los que hemos sido expuestos ante diferentes personas. En estos casos, la humillación no fue voluntaria, sino obligada por las circunstancias o individuos. El caso de Jesús fue una humillación voluntaria.

La segunda parte de este texto bíblico expresa: “haciéndose obediente hasta la muerte”. La muerte es un evento humillante, no es algo natural. Dios no creó al hombre para morir. El ser humano muere a causa del pecado. La muerte entró en el mundo por la transgresión de Adán.

Él nació para morir

Todos los seres humanos nacemos para vivir y, aunque sabemos que la muerte es un paso al cielo, realmente nadie quiere morir, para todos morir genera temor. Quizás algunos de nosotros hemos llegado a la parte más fructífera de la vida y queremos disfrutarla al máximo, hasta que Dios lo permita. El caso de Jesús fue diferente, el nació para morir y no estaba obligado a hacerlo, pero tenía la necesidad de salvarnos a todos, mientras confiemos en Él.

“Así como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas… Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre”. Juan 10:15, 17, 18.

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en la Sangre de Jesús

Cristo fue obediente hasta la muerte en la Cruz. Esta clase de muerte causa un impacto mayor en nuestra conciencia, pues, Jesús no murió en una cámara de gas, ahorcado o en una silla eléctrica. Murió de la manera más vergonzosa, en una cruz. Él  vino de la Gloria más elevada y llegó al lugar más bajo de humillación.

¿Por qué lo hizo?

Por obediencia y amor a nosotros. Luego de saber esto, ¿No vamos a obedecer verdaderamente a nuestro Señor Jesucristo? Si usted está de acuerdo con esto, su vida debe reflejar esa confianza. ¿Hay algo que intentemos esconder de Cristo? ¿Nos hemos negado a cumplir con algo que Él nos ha llamado a realizar? Si es así, estamos actuando bajo rebeldía y demuestra simplemente nuestra falta de fe en Jesús como nuestro Señor.

Un  día, todo el mundo reconocerá que Cristo es Señor de señores. Nosotros que somos sus hijos, debemos demostrar nuestra fe, invitándolo a las áreas turbias de nuestra vida, permitiéndole que nos forme a su imagen. Podemos comenzar con la simple, pero profunda confesión: “Jesús es el Señor” y cuando confesemos esas palabras, debemos estar conscientes de su significado.

Conferencia por Dariannys de Rengifo.